En la Ciudad de México, la primavera tiene una forma particular de desplegarse: no solo florece, también se recorre. Este 2026, Polanco vuelve a convertirse en un mapa abierto de jardines, instalaciones y experiencias gracias a FYJA Festival de Flores y Jardines 2026, que del 30 de abril al 3 de mayo toma parques, calles y espacios públicos con una idea clara: mirar la ciudad desde el paisaje.
Pero detrás de ese recorrido aparentemente espontáneo hay decisiones, tensiones y nuevas apuestas. “Siempre habíamos querido hacer recorridos a jardines en la ciudad, pero no nos daba la vida”, cuenta Patricia Elías Calles Romo, directora del festival. Este año, con un equipo ligeramente más amplio, esa idea por fin tomó forma: integrar rutas guiadas como parte del programa público, conectando espacios históricos, jardines poco conocidos y proyectos comunitarios que dialogan con el tema central de la edición. El Jardín Mexicano.
Caminar el jardín más allá del festival
Aunque algunos de esos recorridos ocurrieron antes del arranque oficial, revelan algo esencial sobre FYJA: su interés por extender la experiencia más allá de lo evidente. Desde la Alameda Central —con lecturas guiadas que parten del mural en el Museo Mural Diego Rivera— hasta espacios menos transitados como la Ruta de la Amistad o los baños de Nezahualcóyotl en Texcoco, el festival plantea una pregunta de fondo: ¿qué significa realmente un jardín en México?
Para Patricia, la respuesta también está en el pasado. Habla de los gobernantes prehispánicos como “amantes de la flora y la fauna”, y de cómo esos sistemas de cuidado del entorno siguen siendo relevantes hoy. Esa línea conecta con muchas de las conversaciones del programa: el agua, la biodiversidad, la restauración ecológica, pero también la apropiación comunitaria de los espacios verdes.
Un recorrido abierto: del parque a la fachada
Durante los días del festival, el visitante puede construir su propio itinerario. El corazón expositivo está en Parque América, donde la muestra de jardines y arcos florales interpreta lo mexicano desde múltiples miradas. Muy cerca, Parque Lincoln se activa como otro nodo clave, mientras que avenidas como Presidente Masaryk y Polanquito se llenan de intervenciones en fachadas.
Estas últimas, lejos de ser solo decorativas, son parte fundamental del ecosistema del festival. “Los establecimientos hacen inversiones importantes para crear estas instalaciones”, explica Patricia. “Muchas veces no es para vender, es para ofrecer algo a la ciudad”. El resultado: un paseo donde el diseño floral se vuelve parte del paisaje cotidiano y donde detenerse frente a una vitrina puede ser tan significativo como entrar a una galería.
El momento clave: escuchar a las plantas
Dentro de esa experiencia expandida, hay una pieza que redefine el recorrido. La paisajista francesa Céline Baumann llega a FYJA con una propuesta que se aleja del formato tradicional de exhibición: El Congreso de las Plantas.
Instalada en Parque Lincoln, esta experiencia escénica —breve, inmersiva, con funciones continuas y cupo limitado— invita al visitante a entrar en un espacio donde las plantas dejan de ser fondo para convertirse en interlocutoras. La premisa es tan simple como inquietante: ¿qué pasaría si las plantas tuvieran voz?
Baumann ha desarrollado esta línea de trabajo en Europa bajo la idea del “Parlamento de las Plantas”, pero en esta edición adquiere una nueva dimensión. No es solo una adaptación, sino una traducción situada en México, dentro de un festival que justamente busca replantear la relación entre cultura y entorno.
“Vas a poder entrar, escucharlas, interactuar”, dice Patricia. Y en medio de un recorrido lleno de estímulos visuales, ese gesto —escuchar— se vuelve uno de los momentos más inesperados del festival.
Una programación que piensa el paisaje
Más allá de las instalaciones, FYJA 2026 se sostiene en un programa público que amplía la mirada sobre el jardín. Charlas, talleres y conversatorios ocupan espacios como la Galería Torre del Reloj y el Teatro Ángela Peralta, donde especialistas abordan desde el diseño urbano hasta las prácticas tradicionales.
El cierre corre a cargo del arquitecto Javier Senosiain, cuya conferencia sobre arquitectura orgánica conecta con la misma intuición que atraviesa todo el festival: entender la naturaleza no como ornamento, sino como estructura.
Lo que no se ve: el trabajo detrás
Si algo deja clara la conversación con Patricia es que FYJA no ocurre por inercia. La planeación comienza meses antes —desde junio— e implica decisiones que van más allá de lo curatorial: el crecimiento del festival, la relación con los vecinos, el impacto en el espacio público.
“No queremos que se vuelva un evento que moleste o que deje afectado el territorio”, señala. Esa preocupación se traduce en ajustes constantes: nuevas sedes, distribución de actividades, colaboración con comercios y comunidades.
La ciudad como un sistema vivo
Recorrer FYJA es, en el fondo, recorrer distintas ideas de lo que una ciudad puede ser. Un parque convertido en galería, una fachada transformada en instalación, una pieza escénica donde las plantas hablan, una charla que replantea el uso del agua.
Durante cuatro días, Polanco deja de ser solo un destino y se convierte en un sistema vivo donde el paisaje articula experiencias, conocimiento y comunidad. Y para quien visita la ciudad, el festival ofrece algo poco común: no solo ver, sino participar —aunque sea por un momento— en otra forma de habitar el entorno.
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