Fundada a mediados del siglo XVI gracias a la riqueza de sus vetas de plata, esta ciudad se alzó como uno de los centros mineros más importantes de la Nueva España. Hoy, su trazado urbano —escalonado, irregular, entre callejones y pendientes— y sus edificaciones devuelven a los visitantes esa memoria viva, inscrita en cantera rosa y en el brillo que aún parece emanar del subsuelo.
La Catedral de Zacatecas ocupa un lugar privilegiado en el paisaje de la ciudad: erigida entre 1730 y 1760, domina visualmente la planicie a 2 460 metros de altitud. Es testimonio de la arquitectura barroca del norte de México, donde la cantera extraída localmente adquiere protagonismo. Según la investigadora María Lorena Salas Acevedo, la obra se erige en tres naves con portadas esculpidas en piedra, talladas con pasajes bíblicos y arcángeles que vigilan el centro histórico. Esa fachada de piedra rosa —una firma distintiva de Zacatecas— no sólo es ornamental, sino un símbolo de identidad y poder local. Al caer la tarde, su iluminación remarca el relieve y proyecta una atmósfera de solemnidad que trasciende el espacio físico.
Si profundizamos la mirada, encontramos el Acueducto El Cubo — una obra de fines del siglo XVIII que abasteció a la población hasta comienzos del siglo XX. Su larguísima arquería de mampostería de cantera se desliza como un hilo de agua seca que continúa sosteniendo el paisaje urbano. Allí, el contraste entre el monumento hidráulico y la ciudad viva evidencia cómo la arquitectura colonial no era solo grandilocuencia estética, sino infraestructura vital. En cada arco reposa la técnica y la ambición de una urbe que miraba más allá de sus minas.
Aunque la mayoría de sus monumentos provienen de la era colonial como su Palacio de Gobierno o el Templo de Jesús, el centro histórico de Zacatecas también muestra las huellas del siglo XX: edificios eclécticos, art déco y funcionalistas que se inscriben en el perímetro patrimonial. Investigaciones recientes indican que esta superposición arquitectónica plantea retos de conservación, pues muchas construcciones modernas no reconocen plenamente el valor del conjunto. Así, el centro se convierte en escenario de tensión entre memoria, turismo y desarrollo urbano.
En Zacatecas la arquitectura colonial dialoga con el presente. Cada piedra, cada arco, cada callejón cuenta una historia de trabajo, plata, fe y transformación. Y es ese diálogo el que convierte al centro histórico en un territorio donde el diseño arquitectónico y la herencia cultural convergen de forma magistral.
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