El primer contacto no es con una obra colgada, sino con el edificio mismo. Antes de entrar al Museo Tamayo, uno se detiene casi sin querer: los volúmenes escalonados, el concreto rugoso, la forma en que el museo parece emerger del Bosque de Chapultepec sin imponerse. Esa pausa inicial es justo el punto de partida de los recorridos arquitectónicos que el recinto ofrece todos los sábados a las 12 horas.
Tuve la oportunidad de sumarme a uno de ellos y la experiencia cambia la forma de recorrer el museo. Guiados por el equipo de mediación, el paseo comienza afuera, con la historia del proyecto: siete años de trabajo, viajes de Teodoro González de León y Abraham Zabludovsky por distintos países y una idea clara al volver a México: construir un museo que dialogara con referencias contemporáneas, pero con materiales y sensibilidad local.
El paseo avanza entre datos y observaciones que se sienten más como una conversación que como una clase. Se habla del concreto martelinado, de las influencias prehispánicas que se esconden en las proporciones y de cómo ambos arquitectos concebían la arquitectura como una escultura más, parte de la colección permanente. No es casual que por este proyecto recibieran el Premio Nacional de Ciencias y Artes en 1982.
Caminar el Tamayo desde esta mirada permite entender por qué suele mencionarse como ejemplo del llamado brutalismo mexicano, aunque la etiqueta no sea unánime. Lo que sí es evidente es su presencia en el paisaje urbano, emparentada con otros íconos de Reforma como el Auditorio Nacional o el Museo de Antropología. Aquí, el concreto no es frío: tiene textura, peso y memoria.
El recorrido también sitúa al museo en su contexto histórico: el México moderno de finales del siglo XX, marcado por el crecimiento económico, los Juegos Olímpicos y el Mundial de Futbol. Detalles que ayudan a entender por qué este edificio fue concebido desde cero como espacio expositivo y no como una adaptación, algo poco común en su momento.
La visita concluye al interior, donde se revelan decisiones estructurales que suelen pasar desapercibidas cuando uno va directo a las exposiciones. Salí con la sensación de haber visitado dos museos en uno: el de arte contemporáneo y el de su propia arquitectura.
Los paseos son gratuitos, recomendados a partir de los 12 años y requieren registro previo. El Museo Tamayo se encuentra en Paseo de la Reforma, esquina Gandhi, en la primera sección de Chapultepec, a unos pasos del Metrobús Gandhi. Una buena excusa para volver a caminar Reforma con otros ojos.
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